Las huertas tradicionales conocidas como ''ajas'' desde la visión shuar se nutren del trabajo y la organización de las redes de mujeres amazónicas en Ecuador . Este sistema tradicional de agricultura integra saberes ancestrales y un manejo responsable de los recursos naturales frente a los desafíos de género y la falta de recursos.
Por Cristina Herrera
Sin incomodarse con su traje azul oscuro, que expresa identidad y memoria, una mujer camina entre su ‘Aja’ o huerto, donde cultiva siete especies de plantas medicinales y alimenticias, muy escasas en la zona. Con sus manos recoge la maleza y con orgullo muestra el crecimiento de los frutos.
Su nombre es Salomé Tangamashi, dirigente de la Federación de la Nacionalidad Shuar (Fenash) de Pastaza. Junto a padres, madres, hijos y hijas, hermanos y esposos son parte de este sistema de agricultura y preservación de conocimientos ancestrales más importante de su cultura. Esta práctica engloba sabiduría, naturaleza, medicina y alimentación.
Si bien toda la familia participa en su construcción, las mujeres cumplen el rol de custodiar con dedicación el crecimiento de las plantas.
"En nuestra familia, los hombres cortan los palos más grandes, las ramas y la maleza, mientras que las mujeres somos las encargadas de la recolección y la siembra, y luego de preparar la chicha y la comida"
Salomé
Dirigente de la Federación de la Nacionalidad Shuar (Fenash) de Pastaza, Ecuador



Salomé Tangamash Créditos: Armando Prado
Ella nació y creció en Unt Pastaza, una comunidad perteneciente a la etnia shuar que, en el último Censo de 2022, representó el 10,7% de la población indígena. Está ubicada en el sector de Chuwitayo (Puyo), donde todavía se observa un paisaje verde y espeso, con árboles de madera de balsa, apilados a lo largo de varios tramos de la carretera, listos para ser recogidos y vendidos. Llegar a su localidad tomó aproximadamente cuatro horas por tierra.
Plantas como el elepo (eep) o el tuyo (kenke), así como tubérculos como el chiki y la tuca (variedad de yuca), especies que se creían destinadas al olvido, han regresado a la tierra gracias al trabajo de la familia Tangamashi.
"Nuestras madres nos enseñan cómo sembrar yuca porque tiene unos puntitos. Mi mamita nos decía: 'miren los ojitos van a salir por ese lado y así es como se debe hacer'"
Salomé



Foto 1: Mujeres en aja. Créditos FILAC | Foto 2: Imagen referencial de cosecha. Crédito: IA | Foto 3: Aja vista desde el aire. Créditos: Armando Prado
Rossana Manosalvas, coordinadora del Proyecto Acciones por la Amazonía de la Fundación Ecociencia, explica que las ajas son sistemas alimentarios a baja escala que siguen los ciclos naturales y que ayudan a evitar la pérdida de las especies. Los científicos han registrado las ajas como un mecanismo bajo en emisiones de carbono, porque se siembran varias capas de árboles, lo que las convierte en "sistemas de resiliencia al cambio climático", afirma.

Salomé luce un karachi, el vestido tradicional de la cultura, y lo complementa con un shakap, que es la faja o el cinturón que ciñe el vestido a la cintura. En el cuello lleva un collar amarillo intenso, y en los brazos, varios brazaletes. Su rostro está decorado con pintura roja, una forma que simboliza el poder de su cultura.
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El karachi y el shakap: símbolos de identidad cultural
"Cuando andaba en reuniones con otras mujeres, les preguntaba a las abuelitas si tenían tal o cual semilla, y así fui recuperando. Estas semillas las he ido sembrando, para que nuestros hijos y nuevas generaciones sepan para qué sirven"
Salomé
Sin embargo, sostener este conocimiento no es fácil. Salomé considera que la preservación de los recursos es un desafío para las comunidades, una herencia que está en riesgo de perderse.
"Los jóvenes, las señoritas, se van a vivir en las ciudades por trabajo o por estudio. Ya no están en las comunidades, aprendiendo lo que los padres hacen. Se avergüenzan de preparar la chicha, de cuidar la huerta, porque no viven de ella", comenta.
Liderazgo amazónico con rostro femenino


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Se reconoce que el bosque está en riesgo y que los efectos del cambio climático alteran los ciclos de lluvia, la calidad del suelo y el crecimiento natural de las especies. Pero en territorio, las historias siguen su curso, y, en contraposición a esta fragilidad, los proyectos encabezados por mujeres arrojan resultados.
Según información de REDD+ y PROAmazonía, como parte del programa ONU -REDD del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), más del 33 % de las hectáreas conservadas y el 35 % de los créditos productivos han estado bajo el liderazgo femenino en Ecuador.

A esto se suma que el Foro Internacional de Mujeres Indígenas (FIMI) señala que las mujeres indígenas lideran el 65% de los proyectos de adaptación comunitaria en el mundo. Sin olvidar que la participación equitativa de las mujeres mejora los resultados ambientales y sociales según un informe del Consejo de Derechos Humanos de la ONU de 2024.
El razonamiento detrás de estos números es claro. Rodrigo Torres, coordinador de la Unidad de Geografía de la Fundación Ecociencia, explica que para las mujeres y las comunidades indígenas el bosque no es un recurso abstracto, sino su hogar, el lugar que provee alimento, agua y materiales esenciales para vivir. Por eso cuidarlo es una prioridad del día a día.
"Las mujeres son vistas como las encargadas de la gestión del agua y la protección general del entorno. Por ello, la creación y el mantenimiento de las ajas, versus sistemas de monocultivo, son claves para garantizar la conectividad de las especies y que los bosques funcionen correctamente", dice el científico. Y aquí las mujeres son protagonistas mediante la preservación y cuidado de los huertos ancestrales.



El bosque es hogar, alimento y vida para las comunidades indígenas
Aunque aún falta camino por recorrer, las mujeres están ganando cada vez más espacio para visibilizar la importancia de su trabajo y conseguir apoyo. Por eso, lideresas de distintas comunidades del mundo, pero en especial de la Amazonía, hicieron oír su voz durante las más recientes negociaciones del clima (COP30), que este año se llevaron a cabo en noviembre en Belém, Amazonía brasileña.
En el centro de las negociaciones no estuvo lo que realmente debió marcar la cumbre: gente de la Amazonía luchando por sus derechos, las mujeres mantuvieron la voz en alto. Mientras los gobiernos debatían, ellas decidieron hacer su propia cumbre. La declaración política de esa Cumbre Global de Mujeres y Juventudes Indígenas enfatiza en que el "financiamiento climático es un derecho y no un favor".
La materialización de esa exigencia sigue pendiente, pese a que el documento final de las últimas negociaciones del clima de la COP30 habla del compromiso de duplicar el financiamiento para la adaptación en este año y triplicarlo para 2035.
Este 2025, también, ONU Mujeres puso en evidencia la desigualdad que algunos gobiernos pasan por alto: la crisis climática frente al desafío de ser mujer. Solo el 0,01 % del financiamiento climático global llega directamente a iniciativas lideradas por mujeres indígenas.
Así las cosas, ellas continúan en la primera línea de la vulnerabilidad, aunque sean mujeres, como Salomé y sus compañeras, quienes estén aportando buena parte de las soluciones al cambio climático.



Créditos: Cop30
del financiamiento climático global llega directamente a iniciativas lideradas por mujeres indígenas
— ONU Mujeres, 2025
Este artículo hace parte de la serie de publicaciones resultado del programa de becas del proyecto Get Ready for the COP, ejecutado por DW Akademie y financiado por el Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo de Alemania (BMZ).